Un año de Erasmus en la Universidad de Cagliari ha permitido a Lucía descubrir nuevas culturas, superar retos personales y vivir una de las etapas más especiales de su vida lejos de casa
Hay decisiones que llegan casi sin buscarlas y que terminan marcando un antes y un después. A veces basta con rellenar una solicitud en una cafetería, sin demasiadas expectativas, para que la vida te lleve a miles de kilómetros de casa. Eso es lo que le ocurrió a Lucía Sanz, que cambió durante un año la tranquilidad de Olmedo y de Fuente – El Sol por la aventura de vivir y estudiar en Cerdeña (Italia).
Su historia fuera de casa comenzó mucho antes de hacer las maletas rumbo a Italia. Tras finalizar el bachillerato, Lucía decidió trasladarse a Salamanca junto con sus amigos Hugo Heras, Carla Santiago y Victoria Íscar, para comenzar la carrera de Psicología en la Universidad Pontificia. Una primera experiencia lejos de su entorno habitual que, aunque inicialmente no estaba demasiado planificada, terminó siendo fundamental para su crecimiento personal.
«Salamanca era la mejor opción con diferencia. Así que prácticamente la vida decidió por mí», recuerda. Allí comenzó a descubrir lo que significaba vivir de manera independiente, organizarse por sí misma y adaptarse a una ciudad diferente. Además, tuvo la suerte de compartir aquella primera etapa con los mencionados amigos de Olmedo que también habían decidido comenzar sus estudios universitarios en Salamanca.
Dos años después de aquel primer paso, llegaría una nueva oportunidad para salir de casa. Esta vez, mucho más lejos.
Una solicitud casi por casualidad
La posibilidad de realizar un Erasmus apareció durante sus años universitarios. Sin demasiadas expectativas, Lucía decidió probar suerte y completar la solicitud. Recuerda perfectamente aquel momento: estaba en una cafetería cercana a su casa, en plena época de exámenes, cuando abrió el correo y comenzó a rellenar los documentos.
«Lo hice casi por probar, sin pensar que yo podría acabar consiguiendo una plaza», explica. De hecho, apenas se lo había contado a las personas de su entorno porque ni siquiera esperaba que aquella oportunidad saliera adelante.
La sorpresa llegó cuando se publicaron las listas de admitidos. Su nombre aparecía como segunda seleccionada para estudiar en la Universidad de Cagliari, en Cerdeña. Una noticia que suponía comenzar una nueva aventura en otro país y a muchos kilómetros de su casa.
La experiencia, además, tendría un aliciente especial: dos amigas que había conocido durante sus primeros años en Salamanca también habían conseguido plaza en el mismo destino. Saber que no tendría que empezar completamente sola hizo que afrontara la decisión con mayor tranquilidad.
Pero antes de llegar a Italia tuvieron que superar el primer obstáculo: encontrar alojamiento. Buscar una vivienda en otro país a través de una pantalla, sin conocer la ciudad ni sus barrios y dependiendo de la respuesta de propietarios que en ocasiones ni siquiera contestaban, fue mucho más complicado de lo esperado.
La idea inicial era vivir las tres juntas, aunque finalmente no encontraron una vivienda que se adaptara a sus necesidades. Lucía terminó compartiendo piso con una de sus amigas y dos estudiantes polacos. Una convivencia que, pese a las dudas iniciales, acabaría siendo una de las partes más enriquecedoras de todo el Erasmus.
Compartir el día a día con personas de otra cultura le permitió conocer nuevas costumbres, formas de pensar y maneras de entender la vida. «Al final, convivir con personas diferentes te hace abrir mucho la mente y darte cuenta de que, aunque vengamos de lugares diferentes, tenemos muchas cosas en común», señala.

De Olmedo a una isla italiana
Los primeros días en Cerdeña estuvieron marcados por una mezcla de nervios e ilusión. Un idioma diferente, una nueva universidad, otra cultura y la necesidad de comenzar prácticamente desde cero. Sin embargo, aquella situación también favoreció que conectara rápidamente con otros estudiantes internacionales que estaban viviendo una experiencia similar, y poco a poco, aquel grupo de personas desconocidas terminó convirtiéndose en una pequeña familia lejos de casa.
Durante aquel año también aprovechó para viajar y conocer otros países, visitar a amigas que estaban realizando su propio Erasmus en diferentes destinos y descubrir lugares que hasta entonces no había tenido la oportunidad de conocer. Además, recibió visitas de personas importantes de España, que pudieron compartir con ella algunos momentos de aquella nueva vida.
Son precisamente esos pequeños detalles los que hoy recuerda con más cariño. «Lo echo de menos, tengo que reconocerlo», admite al recordar las tardes y noches junto al mar y todos aquellos momentos que terminaron convirtiéndose en recuerdos inolvidables.
Aprender a desenvolverse en otro idioma
Aunque los viajes y las amistades ocuparon una parte importante de la experiencia, el Erasmus también supuso un desafío académico considerable.
Adaptarse a otra universidad y a una metodología de enseñanza diferente no fue sencillo. A ello se sumaba la dificultad del idioma, especialmente a la hora de realizar los exámenes. Muchos de ellos eran orales y debía defender los conocimientos adquiridos delante de la profesora y de sus compañeros utilizando una lengua que todavía no dominaba completamente. «No solo era demostrar que conocías la materia que habías estudiado, sino también tener la seguridad suficiente para explicarlo delante del profesor en otro idioma», explica.
La experiencia también le obligó a enfrentarse a situaciones cotidianas que hasta entonces no había tenido que resolver por sí misma. El papeleo, la documentación y las gestiones administrativas en Italia fueron otros de los retos de aquellos primeros meses. Una situación que le hizo darse cuenta de todo lo que estaba aprendiendo: estaba resolviendo gestiones en otro país y en otro idioma, cuando ni siquiera había tenido que enfrentarse anteriormente a algunas de ellas en España.
La distancia y el valor de volver a casa
No todo fueron experiencias positivas y momentos inolvidables. Vivir un año fuera también significó perderse algunas fechas especiales y echar de menos a las personas que habían formado parte de su vida hasta entonces.
Sin embargo, también aprendió a valorar mucho más cada momento compartido. Los regresos durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa se convirtieron en fechas muy esperadas. «No quería perder ni un minuto con las personas de mi día a día en España», recuerda. Aquellos reencuentros le permitieron comprobar que, aunque estuviera disfrutando de una etapa extraordinaria en Italia, había muchas cosas de casa que seguían siendo imprescindibles.

Un año que cambió su forma de ver las cosas
Después de doce meses en Cerdeña, Lucía tiene claro que una experiencia Erasmus necesita tiempo. Los comienzos pueden resultar complicados: adaptarse a una nueva ciudad, encontrar una rutina, conocer gente, estudiar en otro idioma y acostumbrarse a vivir lejos de casa.
Recuerda especialmente una frase que su madre le repetía durante los primeros meses: todo era cuestión de tiempo y adaptación. Y así fue. Lo que al principio parecía complicado terminó convirtiéndose en una rutina y en una experiencia que hoy guarda con muchísimo cariño.
Ahora, entre los recuerdos de las playas de Cerdeña, los viajes, las amistades internacionales y las experiencias compartidas, Lucía conserva también algo que va mucho más allá de haber vivido un año en otro país: la satisfacción de haber aprovechado una oportunidad que quizá nunca imaginó que acabaría llegando. Porque, como demuestra su historia, algo que comenzó casi por casualidad, ha demostrado que a veces hay que salir de casa para descubrir todo lo que uno es capaz de hacer.

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