Un cambio de ciudad, nuevos retos y una etapa por descubrir: la experiencia de comenzar una nueva vida en Elche lejos de casa

Ha llegado una nueva sección a esta humilde web llamada «Nuestros estudiantes», y no se me ha ocurrido mejor manera de inaugurarla que abriéndose y exponiéndose un servidor. En este apartado de esta vuestra página vendrán invitados a contar sus experiencias sobre sus estudios y en sus lugares de residencia lejos de Olmedo, con el fin de descubrir testimonios desconocidos y seguro que, sin duda, muy interesantes.

Elche: cuando el pájaro sale del nido por primera vez

Para aquel que no lo sepa aún, estoy estudiando 4º de Periodismo, hasta hace unos meses en la Universidad de Valladolid, cuando decidí embarcarme en una aventura llamada SICUE (programa con la finalidad de irse a estudiar a una universidad de España diferente a la de origen). Creo que todavía a día de hoy me pregunto cómo, en cuestión de dos meses que se organizó todo, un chaval que lo máximo que ha estado fuera de su casa ha sido por trabajo en campamentos y de vacaciones en un intervalo de dos semanas, se vaya a vivir a Elche a estudiar a la Universidad Miguel Hernández, a casi 600 km de su hogar.

La no conexión con la mayoría de gente en Valladolid, las ganas de explorar, de asomar la cabeza (como buen periodista que se precie) y de terminar de crecer y de madurar, fueron los principales motivos para ir a una ciudad que, con tan solo dos meses habitando en ella, me ha acogido como un ilicitano más, y no digamos su gente.

Y es que Borja Yusta, mi primo de pegatina, tenía razón cuando me dijo eso de, «cuando te quieras dar cuenta, no te vas a querer volver a casa». Me lo dijo en unos días con muchos miedos, hoy ya casi guardados en el armario (como la ropa otoñal por el momento), como eran el no adaptarme a vivir solo, que la nostalgia me pudiera a diario, o no conectar con la gente.

Hoy puedo decir que echo mucho de menos a mis padres, a mi hermano, a mis amigos y mi familia y a Olmedo en general. Pero Elche me lo ha puesto muy fácil para sentirme arropado desde el día 1 en que puse el pie en esta maravillosa y calurosa ciudad (mención especial para «periodismo muerto» y «Madres Gordas»; sin vosotros, esto no sería posible), y ha logrado tapar esa ‘morriña’ lo necesario para poder ser feliz y sonreír a diario.

También es de justicia añadir que no todo es de color de rosa. Desde que llegué tengo que librar una dura batalla diaria contra la Sra. Vitrocerámica y el Sr. Horno, y no digamos la disputa semanal con Dña. Lavadora. Pero nada que un telefonazo a Eva o Chema no pueda solucionar, aunque diré que es como el cambio de montar en bicicleta con ruedines a sin ellos: al principio cuesta y te caes, pero todo es cogerle práctica hasta que enderezas y coges el truco.

Periodismo fuera de casa

Y es que, entre una cosa y otra, también hay que sacar tiempo para terminar cuarto de Periodismo. Lo que empezó siendo una carrera en la Universidad de Valladolid ha terminado convirtiéndose en una experiencia bastante diferente por el momento, que me ha permitido cambiar las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras por las de la Universidad Miguel Hernández de Elche.

Y aunque a veces uno piensa que lo más complicado de vivir fuera es aprender a cocinar o poner una lavadora sin provocar una catástrofe, lo cierto es que también hay que aprender a organizarse, adaptarse a otra universidad y afrontar el último curso de una carrera que, casi sin darte cuenta, está llegando a su final.

Eso sí, hay cosas que ni los casi 600 kilómetros consiguen cambiar. Una de ellas es mi vinculación con el fútbol y, sobre todo, con el periodismo deportivo. Actualmente sigo ejerciendo como responsable de prensa del CD Mojados, una labor que me permite continuar haciendo lo que me gusta, contar historias, estar pendiente de la actualidad de un equipo y seguir aprendiendo desde dentro de un club.

Además, he continuado una de mis pasiones ya en tierras de la Comunitat, por todos seguramente ya conocida: el arbitraje. También me he traído conmigo el trombón para no perder el hilo de una pasión como es la música, dividida entre la Asociación Musical ‘Villa de Olmedo’, y la Charanga ‘Sal del Compás’, mis dos agrupaciones musicales. Porque, aunque ahora me toque vivir esta aventura en tierras ilicitanas, hay raíces que uno no deja atrás tan fácilmente.

Al final, supongo que de eso va también esta experiencia: de descubrir nuevos lugares, conocer gente, equivocarse de vez en cuando y entender que crecer consiste, en buena medida, en atreverse a salir del nido sin olvidar nunca de dónde vienes.

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